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"El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que de veras siente. Y los que leen lo que escribe en el dolor leído siente bien, no los dos que él tuvo mas sólo el que ellos no tienen. Y así en los rieles gira, entreteniendo la razón, ese tren de cuerda que se llama el corazón". (Fernando Pessoa)

viernes, 16 de marzo de 2007

Pablo De Rokha. Segunda Parte.

La poesía hecha carne : Ha pasado toda una vida. Estamos en 1965 y el poeta tiene 71 años. De Rokha escribió gran cantidad de poemas. Tuvo un fugaz paso por el Partido Comunista de Chile. Fue delegado cultural en Francia y en varios países de Latinoamérica y recibió todas las condecoraciones y reconocimientos en el exterior, pero faltaba el más importante: el de su país natal. Así, este año y tras larga postergación injustificada, el poeta recibió el Premio Nacional de Literatura. Éste es, quizás, el único galardón que le afectaba no haber obtenido, pese a que poco y nada le importaban los premios y el dinero, pues nunca le interesó lucrar de su trabajo. Sin embargo, tampoco entendía el por qué tantos años de espera para subir al pedestal de la literatura criolla y sentirse por una vez en la cresta de la ola y no tan solo en el rincón de los des-adaptados. "Este premio significa la caída de la mafia rosada de la literatura chilena", fueron las primeras palabras que pronunció el vate al momento de enterarse de la condecoración. Sintió un desahogo ante lo que consideraba una total aberración, no hacia su persona, sino que hacia la poesía y su país. 40 kilos de prietas, un cordero de 27 kilos, 30 garrafas de vino tinto y decenas de fuentes con "causeo a la chilena y pebre cuchareado" de ají cacho de cabra, fue el menú de la celebración que hizo en su casa de La Reina. Luego de asistir a la ceremonia, visitó junto a un puñado de amigos y sus hijos "La Piojera". Allí, brindaron con chicha y pipeño y al llegar la tarde partieron a su casa para continuar la farra que duró hasta pasadas las cinco de la mañana.La casa olía a cantina y las bandejas de comidas pasaban y pasaban, mientras los comensales conversaban del logro del vate: "Ahora vamos por el Nobel", gritaban algunos haciendo salud con copas de vino tinto. De Rokha sólo reía y se detenía para hablar en voz alta y rememorar la memoria de su esposa muerta hace ya diez años producto de un cáncer: "Esto es de mi mujer. Ella fue la fuente de luz que dio a mis palabras fuego y ardor, para poder hablar del hombre pobre, de las almas muertas de este mundo". Levantó una foto de Winnet y todos alzaron sus copas para acompañar las emocionadas frases del poeta. Winnet esa noche estaba más presente que nunca en la casa de La Reina y en el alma de De Rokha.Pasaron las horas y los estragos de los 30 botellones de tinto se comenzaban a sentir. Las charlas se encendían y las discusiones de política y literatura levantaban la temperatura del lugar. El humo de los cigarrillos se colaba por todas partes y la alfombra comenzaba a relucir las primeras manchas del vino que caía. Uno que otro sacaba un libro del poeta y comenzaba a recitar algunos versos ante la pasión de todos, quienes con ojos llorosos aplaudían cada poema. La poesía se hacía carne esa noche de agosto de 1965. Se escribía en cada prieta que salía caliente de la cocina, en el ají del pebre que se dejaba caer en las bocas de los presentes, en el cordero hirviendo que cada uno comía con la mano. Dos anillos, la fría mañana, y una bala. "Cuando la vida es un dolor, el suicidio es un deber" dijo el pintor Camilo Mori, amigo de De Rokha cuando se enteró de la trágica muerte del vate. Pasaron los años, luego del premio y los últimos libros, y la vida del poeta cayó en un abismo sin salida. Años de letras, de poesía y de una constante lucha ya lo habían derrotado.

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